Hay personas que dicen “ya lo veré cuando ocurra” y, de verdad, lo aparcan hasta que ocurre.
Y luego estamos el resto: los que necesitamos saber qué va a pasar, cuándo, cómo… y si puede ser, cuánto nos va a doler.
La mala noticia es que la incertidumbre forma parte de la vida.
Y si no sabemos gestionarla, nuestra cabeza se convierte en una radio estropeada repitiendo en bucle: ¿Y si sale mal? ¿Y si me equivoco? ¿Y si esto dice algo terrible de mí?
En consulta veo a muchas personas llegar agotadas, no por lo que está pasando, sino por todo lo que han intentado para dejar de sentir incertidumbre: anticipar todos los escenarios posibles (especialmente los peores), buscar certezas externas —opiniones, mensajes, garantías— o incluso tomar decisiones rápidas solo para dejar de sentir ese malestar.
Y aun así, la calma no llega.
Cuando hablamos de tolerar la incertidumbre, a más de uno le chirría la idea:
“Yo no quiero resignarme” o “eso será para hippies”.
Pero la realidad es que tolerar la incertidumbre no tiene nada que ver con que te dé igual todo o con quedarte de brazos cruzados esperando a que la vida decida por ti.
Es algo mucho más activo y realista.
Implica, por ejemplo:
- Centrarte en lo que sí está bajo tu control y soltar (aunque cueste) lo que no lo está.
- Diferenciar los hechos de las interpretaciones.
Hecho: no me ha respondido X persona.
Interpretación: no le importo. - Dejar de luchar contra la sensación.
Cuanto más intentas no pensar, más piensa tu cabeza. A veces ayuda decirte algo tan simple como:
“Vale, esto es incertidumbre. No me gusta, pero puedo sostenerla un rato.” - Vivir mientras tanto.
La vida no se pone en pausa hasta que tengas respuestas. Y, paradójicamente, hacer cosas aunque no tengas claro el final es lo que más seguridad interna genera.
Y aquí viene algo importante: la verdadera seguridad no está fuera.
La mayoría buscamos sentirnos seguros cuando todo sale bien. Pero la seguridad real es otra: saber que podrás gestionarlo aunque no salga como esperas. Saber qué recursos tienes, cómo sueles responder en momentos difíciles, qué habilidades puedes poner en marcha si hace falta.
Muchos pacientes llegan a consulta convencidos de que, si bajan la guardia, todo se desmoronará.
Y la realidad es que, casi siempre, son las personas más resolutivas que conozco.
Solo que están agotadas de intentar controlarlo todo.